domingo, 20 de enero de 2013

Pasión


Hoy mi hija de 4 años se ha puesto a bailar.
Le gusta, no es la primera vez. Pero hoy la música estaba más alta, o las canciones le gustaban más, no lo sé. La cuestión es que ha bailado entregada, feliz, con una pasión y una energía que nos ha cautivado a todos.


Nada ha podido con ese arrebato. Ni la pereza, ni la vergüenza, ni el miedo a equivocarse. Se ha lanzado delante de todos, con una sonrisa especial, como mística. Bailaba y bailaba sin parar. Intentaba nuevos pasos, inventaba giros a cada momento, a veces se caía. Pero solo escuchaba la música, y se la veía completamente feliz. De su atrevimiento y su entrega han salido movimientos sorprendentes, magnéticos (qué va a decir su padre); no podíamos dejar de mirarla. A cada momento nos arrancaba aplausos espontáneos, y al final nos hemos unido a ella para bailar también.

Y si nosotros, los adultos, consiguiéramos también que no pudiera con nosotros ni la pereza, ni la vergüenza, ni el miedo a equivocarnos?
No tienen algo de ese arrojo inocente y total los grandes líderes, o los que triunfan en su trabajo?

1 comentario:

Javier Güenechea dijo...

Amor de padre. Pero tienes razón. Hay que dar fuerte, hasta el final, con ilusión. saludos.

 
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